Primer premio – Poesía
Autor: Feliciano Ramos Navarro

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Cuando la vida impone sus criterios
y ciñe con sus manos mi garganta,
no sirven mis protestas
ni mis piadosos rezos suplicando un milagro.
Me oprime más y más, con furia ciega,
sin ofrecerme un átomo de aire,
sin permitirme alzar mi tenue voz
dolida en la sorpresa.
El paso de la vida es como un río
que a veces se desboca reventando su cauce,
arrastrando en su caudal tus íntimas vivencias,
hundiendo en remolinos imparables
tus logros, tus anhelos… sin que le importes nada.
Somos como un castillo de finísima arena,
columna de humo frágil al capricho del viento,
un barco a la deriva a merced de las olas,
una paloma herida sin levantar el vuelo…
La vida es mandamiento impuesto de antemano,
verdugo que cercena tu cabeza al instante,
timonel que confunde la ruta del viaje,
brújula que enmaraña el norte con el sur.
La vida es una incógnita sin solución posible,
un engaño con máscara de eterno carnaval,
una traición oculta detrás de alguna esquina,
un lobo montaraz con colmillos de sangre,
gravosa puñalada por la espalda,
un tránsito en volandas…
Nadie puede elegir su pálpito de vida,
te llega porque sí, como un capricho,
sin que nadie te pida tu opinión al respecto.
Llega tu nacimiento como una imposición
y empiezas obligado tu andadura
sin poder desandar tu trayecto vital
porque nadie te vende un billete de vuelta.
El tiempo es el podómetro de tus cansados pasos
y tú sigues su rumbo como veleta al viento,
convertido en vaivén de torpe marioneta
sin saber si mañana frenarán tu pisada
con un prohibido el paso para siempre.
La vida te presenta su factura
con el IVA incluido
cuando menos lo esperas
y tienes que pagar su injusto precio.
El orto de la vida se hace ocaso
cuando llega la parca con un frenazo seco
y entonces te preguntas, con el alma en las manos,
quién es el responsable de tu vida y tu muerte
si nadie te ha firmado ninguna garantía.
¿O acaso tu existencia es un vulgar artículo
de negro contrabando?
¿Edificada casa sin legal escritura?
Yo nunca formulé solicitud
para tener mi vida, ni concedí permiso
para que el corazón empezara a latir,
como tampoco ordeno su parada.
Cuando el reloj del tiempo
detenga las agujas de mi esfera
y cobre al fin mi horizontal postura,
no creo merecer ningún castigo
por el error supuesto de mis obras,
pues no me siento nunca responsable
del valor positivo o negativo
que tuvieran mis actos
porque si no fui libre de elegir nacimiento
nadie tiene derecho a juzgar mi existencia
ni debo rendir cuentas
por una vida impuesta porque sí.
Si existe un Hacedor, origen de la vida,
también será la meta del último viaje,
estación de llegada y de comienzo,
porque ser y no ser, a fin de cuentas,
son luz de eternidad: Alfa y Omega.

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