Primer premio – Relato corto
Autor: Joaquín Correa Barco

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Pronto desistí en mi empeño de convencerla de que yo no era su nieto.

—Sí lo eres —insistía Adela—. ¿No te acuerdas de todas las veces que te llevé al circo? Te encantaban los payasos. ¿No te acuerdas de cuando te llevé al zoo? Te enamoraste de las jirafas. Desde entonces fueron tus animales preferidos. ¿No te acuerdas de ese dibujo que me regalaste y en el que aparecíamos tú y yo juntos cogidos de la mano?

Es cierto que de niño me encantaban los payasos. Es cierto que las jirafas siempre fueron mis animales favoritos. La recuperación de esos recuerdos íntimos y casi perdidos, enunciados por los labios de una persona extraña, no dejaba de producirme un extraño desasosiego.

Adela era una anciana sin familia y con la cabeza medio perdida que vivía en una residencia de la tercera edad. Yo formaba parte de un grupo de voluntarios que visitaba regularmente a enfermos en los hospitales y a ancianos que vivían solos. Me encariñé de Adela, de esa impertérrita dignidad con la que sobrellevaba los estragos de su creciente demencia y que aún no la afectaba lo suficiente como para abandonarse a sí misma y todavía se vestía y maquillaba con esa pulcritud obsesiva con que lo hacía cuando aún era independiente y salía por las tardes a la calle para asistir a su imprescindible misa. Adela también se aficionó a mí y me esperaba cada día. Me tomó por su nieto. Estaba convencida.

Cuando pregunté al personal de la residencia por sus verdaderos nietos me contestaron que no tenía, que Adela enviudó joven y nunca tuvo hijos, que sus parientes más cercanos eran unos sobrinos que vivían muy lejos y que apenas la visitaban. Adela disfrutaba de una posición económica desahogada y siempre vivió sola hasta que sus vecinos denunciaron ante los servicios sociales del ayuntamiento los primeros síntomas de su demencia. Fueron ellos los que, tras la correspondiente evaluación médica, aconsejaron su ingreso en la residencia porque ya no podía valerse sola.

Una vez me crucé con ellos, con los lejanos parientes de Adela, y me regalaron reticentes una mirada extraña, como si me conociesen de algo y no cayeran en la cuenta en ese momento preciso de dónde me habían visto antes. Pronto deduje que si me conocían era por lo que Adela podía contarles de mí. Me agradecieron mis visitas y se disculparon por no asistir a su pariente de una manera más cercana, pero vivían muy lejos, a muchos kilómetros de distancia, y tenían sus problemas, sus vidas. También sus alegrías. Me dieron su teléfono y yo les di el mío. Desde entonces yo me encargué de tenerlos informados sobre el estado de Adela.

Nadie la visitaba, por eso me sorprendí aquel día cuando me crucé con un señor enchaquetado que salía de su habitación con un cartapacio bajo el brazo. Me miró de arriba abajo antes de saludarme con una deferencia contenida. Pregunté a Adela quién era ese hombre y, con una ancha sonrisa, me dijo que era el notario. «Hay que estar preparada», añadió, «que una empieza a hacerse vieja». Adela resplandecía en esos breves intervalos en los que recuperaba una lucidez altiva y señorial, esa que aún perfilaban sus frágiles labios cuando por la tarde se los pintaba para “ponerse guapa”, como ella decía. Adela falleció ayer mientras dormía. De manera plácida y tranquila. Sin sufrimiento alguno. Simplemente su corazón dijo basta y dejó de latir. Al parecer sufría una callada afección cardiaca de la que nada me habían contado las enfermeras. Yo mismo me encargué de organizar el entierro, en un nicho que compartiría, ya para siempre y por mucho tiempo, con ese marido suyo que murió joven y con el que, en vida, compartió tan poco. Asistieron los familiares que ya conocía y algunos de esos vecinos que alertaron al ayuntamiento sobre su progresiva demencia. También el párroco de la iglesia donde acudía a misa diaria, que se disculpó en nombre de algunas otras beatas, quien sabe si verdaderas amigas o no de Adela, que no habían podido asistir al óbito por su edad avanzada.

El notario me llamó. Me dijo que, en un último arrebato de lucidez, Adela había hecho testamento, dividiendo su herencia en tres partes: una era para la parroquia de la que había sido feligresa fiel durante toda su vida; otra para esos parientes que vivían en una ciudad lejana; la tercera era para mí. El notario me reconoció que tuvo que preguntar mi nombre completo a las enfermeras porque, cuando otorgó su testamento, Adela insistió en llamarme “su nieto”.

La herencia de Adela estaba compuesta por un modesto saldo en cuenta corriente y por un pequeño piso, en un estado de conservación deficiente, pero situado en un buen barrio. Yo vivía de alquiler desde hacía años y decidí que había llegado la hora de convertirme en propietario. No me costó demasiado llegar a un acuerdo económico con los otros dos herederos para quedarme con la plena propiedad del piso.

Tras salir del notario, ofrecí a los parientes de Adela la posibilidad de que visitasen el piso para llevarse lo que quisieran. Al principio desestimaron amablemente mi ofrecimiento pero luego convinieron en acompañarme, quizás porque se sentían algo culpables por la situación de desvalimiento en la que habían tenido a su tía. El mobiliario del piso era viejo y destartalado, los cuadros y adornos no tenían valor alguno. Enterré además a Adela con sus escasas joyas, ordené que la “pusieran guapa” para su último viaje. Los parientes de Adela deambularon por las habitaciones del piso durante un rato como quienes cumplen con un incómodo protocolo para no llevarse nada al fin. Se despidieron de mí en la puerta del piso. Me desearon suerte y convinimos en llamarnos de vez en cuando. Supe que ninguna de las partes cumpliría con esa promesa absurda. Los noté aliviados y algo molestos a la vez. Aliviados porque por fin se habían desembarazado de esa incómoda pariente que, de algún modo, los ligaba a esta ciudad tan lejana. Molestos porque Adela no los había considerado sus únicos herederos.

Ya solo, deambulé por las habitaciones del piso sin decidirme a tocar nada. Entré en el dormitorio de Adela, que conservaba esa vetusta cama de matrimonio a la que tan poco uso marital había dado. Uno de los lados de esa cama había sido el suyo. No me costó averiguar cuál por el sutil hundimiento en el colchón y por el hecho banal de que solo la lamparita de ese lado de la cama tenía bombilla. Empujado por un súbito impulso abrí el primer cajón de la mesilla de noche. En él descubrí una cajita. La abrí.

Allí estaban las entradas del circo. También las entradas del zoo. También un papel doblado sobre sí mismo con los dobleces muy desgastados, evidenciando que había sido doblado y desdoblado muchas veces por las manos de Adela.

Llevé el papel sin desdoblarlo hasta la luz imperiosa de una ventana. Entonces lo desplegué. Era un dibujo infantil que representaba a un niño y a una mujer adulta. Estaban cogidos de la mano. Al fondo se representaban rudimentariamente la carpa de un circo y un grupo de jirafas. En una esquina inferior, con caligrafía dubitativa, se desvelaba el nombre del infantil autor del dibujo: mi propio nombre. Volví a observar el dibujo con detenimiento y no tuve más remedio que reconocer mi propia mano infantil en esos trazos. Supe que yo, de algún modo que no acertaba a comprender, y en algún tiempo que escapaba al discurrir lineal del tiempo de relojes y calendarios, que yo mismo había pintado ese dibujo con mis modestas ceras infantiles. Y sentí miedo al reconocer en esos trazos a Adela y al reconocerme a mí mismo en el niño que le daba la mano. Sentí terror al descubrir que yo era el autor de ese dibujo aunque no recordara haberlo pintado.

Quizás sea cierto que Adela siempre fue mi abuela y yo siempre fui su nieto aunque no llegara a conocerla hasta hace poco más de un año. Si no, no se explican tantos recuerdos compartidos.

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