Segundo premio – Relato corto
Autor: Rafael Espinosa Velasco

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Aún recuerdo cuando disfrutaba de sus calles, de sus parques, de sus fiestas, bailando hasta el amanecer en las verbenas o tarareando melodías que ya no se escuchan.

Todavía puedo imaginarme aquel instante donde el tiempo se detuvo, donde le cogí de la mano, me sonrió y ambos miramos hacia el cielo, viendo las Perseidas, en aquel cortijo en mitad del campo de olivos.

Las casas blancas, las calles empedradas, los faroles de ese tono amarillento que alumbran por la noche. El monumento a la Virgen protectora del pueblo, los veranos en la piscina e incluso veo en mis sueños cómo los tractores deambulan a mediodía con la cosecha de aceituna de la jornada.

Y, es curioso, porque puedo recordar hasta cómo mi perrita me lamía la cara y saltaba queriendo jugar para que le tirara la pelota.

En todos esos momentos, estaba él. La única persona a la que puedo recordar con claridad, quién es, las primeras palabras que me dijo, dónde le conocí y cómo fue incluso nuestra boda. Es el faro que me permite no perder la cordura en un mundo que solo me devuelve vaguedades, recuerdos nublados, personas a mi alrededor que dicen que me quieren, que me acompañan, que casi me obligan a comer. Y yo creo que las quiero, me gusta que estén conmigo, pero no sé exactamente por qué.

A veces, solo a veces, me viene a la mente de nuevo el rostro de mi Antonio y, junto a él, la expresión de tres niñas, mis niñas, las que me dice Antonio que son mis hijas. En ese breve instante de tiempo, mientras me llevo a la boca un cachito de tomate con pan, puedo reconocer la expresión de una de ellas en la persona adulta que tengo a mi lado y me asombro en cómo ha crecido.

Antonio. Me gusta pronunciar su nombre despacio, como si al decirlo pudiera retenerlo un poco más entre los dientes. Le conocí un domingo de mayo, en la puerta de la iglesia, cuando yo tenía diecisiete años y un vestido azul que mi madre me había cosido para la ocasión, sin saber que aquella ocasión iba a ser la más importante de mi vida. Él llevaba una camisa blanca remangada y olía a tabaco y a jabón Lagarto. Se acercó con esa media sonrisa torcida que después reconocería en la cara de una de mis hijas, aunque ahora mismo no sabría decir en cuál.

—Con esos ojos no hace falta que salga el sol—. Yo me reí, porque me pareció una tontería, la frase más simple del mundo, pero han pasado no sé cuántos años y todavía la recuerdo palabra por palabra y eso que hay instantes donde no sé ni qué día de la semana es.

Nos ennoviamos en la plaza, bajo al arco del castillo, con mi madre vigilando desde la ventana como hacían todas las madres del pueblo. Él trabajaba el campo de su padre, olivos que después serían nuestros olivos, y los domingos se ponía su mejor pantalón para acompañarme al paseo.

El pueblo era entonces un lugar pequeño donde todo el mundo se conocía, donde las malas lenguas corrían más rápido que el agua de la fuente, y donde un noviazgo como el nuestro, sin escándalos, sin prisas, era motivo de admiración entre las vecinas. Recuerdo el tacto de su mano, áspera de trabajar la tierra, cuando por fin se atrevió a cogerme la mía un atardecer de septiembre, con el cielo pintado de ese naranja que solo se ve en los pueblos donde no hay nada que le haga sombra al horizonte.

Nos casamos dos años después, en la misma iglesia donde nos conocimos. Yo llevaba un vestido blanco que había sido de mi hermana mayor y que mi madre había arreglado con encaje nuevo en el cuello y en las mangas. Antonio estaba tan nervioso que se le cayó el anillo al suelo y todo el mundo se rio. Él se puso colorado como un tomate, y yo pensé que jamás en mi vida iba a querer a nadie tanto como le quería a él en aquel instante, con su torpeza, su vergüenza y sus manos temblando.

Hubo baile en la plaza hasta bien entrada la noche, mi padre lloró, las campanas sonaron y yo era la mujer más feliz de toda Andalucía, aunque entonces no sabía todavía lo que era la felicidad de verdad, la que se construye despacio, día a día, con los años.

Nos fuimos a vivir a una casa pequeña cerca del cortijo de su familia, entre los olivos, con un patio donde planté geranios que crecían tercos a pesar de mi poca mano para las plantas. Fue allí donde una noche de agosto, tumbados sobre una manta en el suelo, todavía caliente por el sol del día, vimos caer las estrellas.

—Pide un deseo—. Le decía mientras me señalaba cada una con el dedo, como si tuviera algo que ver con que cayeran.

—Ya lo he cumplido al estar a tu lado—. Respondía y, tonta de mí, lloré de la emoción. Él me secó las lágrimas con el pulgar y me besó la frente.

Ese momento, ese exacto momento, es el que más claro tengo en la memoria, más claro incluso que los pequeños niños que no dejan de jugar en el patio de la casa donde me hospedo, que deben de ser los hijos de la mujer adulta que está sentada conmigo esperando a que termine de comer. No sé si fuimos padres, quiere sonarme que sí, y no sé si eso me hace mala madre o simplemente una mujer que amó mucho, por exceso, hasta el punto de olvidarlo.

De repente, bebo un poco de agua de mi vaso y me vuelve a la mente mis niñas, que llegaron después de la boda, una tras otra, casi sin darnos tregua. La primera lloraba por las noches y Antonio se levantaba antes que yo, la cogía en brazos y le cantaba desafinado hasta que se dormía.

La segunda salió con su misma sonrisa, la que yo había visto en la puerta de la iglesia, y cada vez que miraba a Antonio se le llenaban los ojos de un brillo que no sabía disimular.

La tercera fue la más traviesa, la que se subía a los olivos como un gato y bajaba con las rodillas peladas y sin una gota de arrepentimiento. Tuvimos también, más adelante, una perrita pequeña, negra con una mancha blanca en el pecho, que dormía a los pies de mi cama y que me lamía la cara cada mañana para que la sacara a jugar, como si supiera que ese ritual era sagrado para las dos.

La perrita, a la que llamábamos Luna porque había nacido una noche de luna llena, se hizo mayor con nosotros, y cuando ya no podía subir de un salto a mi cama, Antonio le construyó una rampa de madera con sus propias manos. Se tiró una tarde entera de sierra y de martillo, refunfuñando porque se le torcían los clavos, hasta que por fin quedó firme y Luna pudo volver a dormir a mis pies como siempre había hecho. Recuerdo el día que se nos murió, vieja ya, en un rincón del patio, bajo la sombra del limonero, y cómo Antonio cavó el hoyo él solo, sin dejar que nadie le ayudara. También lloró, un hombre grande, alto y fuerte llorando por una perra pequeña. A mí me pareció el gesto más tierno que le había visto hacer en toda nuestra vida juntos, más incluso que el día de la boda.

El pueblo seguía girando a nuestro alrededor con la calma de siempre. En verano, la piscina municipal se llenaba de niños gritando y de madres vigilando desde la sombra de los pinos. En septiembre, sacábamos a la Virgen en procesión, y las calles se llenaban de velas y de mujeres con mantilla; Antonio me pasaba el brazo por los hombros mientras cantábamos las salves que nos habían enseñado nuestros padres, y que espero que mis hijas les hayan enseñado a sus hijos, aunque no sé si eso ha ocurrido, porque hay tramos enteros de mi vida que ahora son solo niebla, un cristal empañado que no hay mano capaz de limpiar.

Hay días —y esto también lo recuerdo, aunque sea vagamente, como quien recuerda un sueño ajeno— en que me despierto y no sé en qué casa estoy. Ahora mismo, intuyo que en la de esta señora mayor que me mira con preocupación y cansancio. Miro las paredes y no las reconozco, aunque me dicen que llevo viviendo en ella toda la vida. Hay otra mujer que viene por las mañanas, que me peina y me dice cosas cariñosas, y yo no sé si es mi hija o si es una vecina o si es alguien que trabaja aquí. Me da vergüenza preguntar, así que sonrío, dejo que me peine, y ella me habla de cosas que hicimos ayer que yo no recuerdo haber hecho. A veces me enfado, no sé por qué, y le grito que me deje en paz, y después me arrepiento al ver su cara de tristeza, aunque no sepa explicar exactamente por qué se ha entristecido.

Otras veces, en cambio, hay una calma extraña, casi dulce, en no saber. Como si el mundo se hubiera vuelto más pequeño y manejable, reducido al plato de comida que tengo delante, al calor del sol que entra por la ventana, a la mano de alguien que me sostiene el brazo cuando camino. No sufro, o no sufro siempre. Lo hago cuando intento agarrarme a algo y ese algo se me escapa entre los dedos como el agua. Entonces siento un vértigo hondo, un miedo que no sé nombrar, porque ni siquiera recuerdo qué es exactamente lo que he perdido.

Hay otras cosas que sí conservo, pequeñas, absurdas casi, como islas que sobreviven en medio de una inundación. Sé, por ejemplo, la receta del ajoblanco que me enseñó mi suegra, con sus almendras molidas y su ajo justo, ni uno más ni uno menos; a veces me sorprendo a mí misma recitándola en voz baja mientras alguien me da de comer, como si mis manos todavía recordaran lo que mi cabeza ya no sabe nombrar.

Sé también cantar, entera, sin fallar una sola palabra, la salve que le cantábamos a la Virgen cada septiembre y. cuando la canto, la mujer que me peina por las mañanas se detiene y me mira con los ojos brillantes. No entiendo por qué se emociona tanto por algo que a mí me sale tan natural, como respirar.

También hay olores que me devuelven, por un segundo, a algún lugar concreto, aunque después no sepa explicar adónde. El olor de la aceituna recién molida, ese verde amargo y espeso, me lleva a una tarde de diciembre en la almazara, con Antonio discutiendo con el molinero sobre el rendimiento de la cosecha, mientras yo esperaba fuera con las niñas envueltas en mantas, soplándonos las manos para calentarlas.

Un domingo —me dicen que es domingo, aunque yo ya no distingo bien los días— mis hijas, las que dicen que son mis hijas, han venido a comer a casa, las tres, con sus maridos y sus niños, y la mesa está llena de un ruido alegre y caótico que a mí me suena lejano, como si lo escuchara a través de una pared. Una de ellas, la que tiene el pelo más oscuro, se sienta a mi lado y me coge la mano.

—Mamá, ¿te acuerdas de qué día es hoy? —me pregunta, y yo niego con la cabeza, porque de verdad no lo sé. Ella sonríe con una tristeza que intenta disimular y me dice que no importa, que da igual, que lo importante es que estamos todos juntos.

La mesa está puesta como para una fiesta, con el mantel bordado que yo misma había cosido hacía tantos años que ni siquiera podría decir cuántos, y huele a pisto, a gazpacho recién hecho, a pan tostado. Alguien ha abierto las ventanas de par en par, y entra una brisa de agosto cargada de ese olor a tierra seca que solo tiene mi pueblo por las tardes, cuando el calor empieza por fin a aflojar. Uno de los yernos cuenta una historia sobre el trabajo que hace reír a todos, y yo río también, sin saber muy bien de qué, solo por el contagio de esas voces alegres alrededor de mí, por la sensación cálida de estar rodeada, aunque no sé bien de quiénes.

Los niños corretean entre las sillas, y uno de ellos, el más pequeño, un crío de rizos oscuros se sube a mi regazo sin que yo sepa muy bien quién es. Me mira con unos ojos tan parecidos a los de Antonio que se me corta la respiración.

—Abuela, ¿me cuentas el cuento de las estrellas? —me pide, y yo no sé de qué cuento me habla, pero algo en mi pecho, algo más antiguo que la memoria misma, se mueve, y empiezo a hablarle de una noche de agosto, de una manta en el suelo, de un hombre que señalaba el cielo como si las estrellas cayeran para él.

Es entonces, en mitad de esta historia que narro casi sin saber que la estoy verbalizando, cuando pasa algo extraño. Una de mis hijas —la mayor, creo, la que tiene la sonrisa torcida que me recuerda a él— se levanta a buscar un álbum de fotos, uno viejo, de tapas de cuero gastado. Lo abre sobre la mesa, entre los platos ya casi vacíos. Y ahí está él. Antonio, más joven, con su camisa blanca remangada, sonriendo a la cámara con ese gesto bobalicón que yo tan bien conozco. Y debajo, otra foto, más reciente, en la que él aparece ya mayor, con el pelo blanco y fumando un puro que yo no le recuerdo, sentado en un sillón de una habitación ajena a mi vida, con una manta sobre las piernas.

Y entonces, como quien enciende una luz en una habitación a oscuras, lo veo todo con una claridad que hacía meses, quizás años, que no experimentaba. Veo el hospital. Veo su mano, ya sin fuerza, apretando la mía. Veo el silencio espeso de aquella última noche, las máquinas que dejaron de pitar, la enfermera que entró de puntillas y me dijo, con una voz que todavía puedo oír, que lo sentía mucho. Veo el entierro, el ataúd de madera clara, las tres niñas —ya no niñas, mujeres hechas y derechas— cogidas de la mano, llorando bajo un cielo de un azul insultante, sin una sola nube, como si el mundo no se hubiera enterado de que se le había ido uno de los suyos.

Antonio ha muerto. Antonio lleva años muerto.

El dolor me atraviesa entero, fresco, como si acabara de suceder, como si no hubieran pasado los años que fuera que hubieran pasado desde entonces. Siento que me falta el aire, que la mesa y las sillas y las voces de mis nietos se alejan de mí como si yo estuviera cayendo por un pozo muy hondo, y en ese pozo solo estoy yo y el vacío de una mano que ya no va a volver a sostener la mía en la oscuridad de nuestra habitación, ni en la orilla de una manta bajo un cielo lleno de estrellas fugaces.

—Se ha ido —digo en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular, con la voz quebrada como cristal fino. —Antonio se ha ido—. Y mis hijas, las tres, se acercan a mí, me rodean con los brazos, y la más pequeña, la traviesa, la que se subía a los olivos, apoya su cabeza sobre mi hombro y no dice nada, porque no hay nada que decir que no supiéramos ya las dos.

Lloro como no recuerdo haber llorado en mucho tiempo, un llanto limpio, sin nubes, sin niebla, un llanto que por primera vez en mucho tiempo sé exactamente de dónde viene y por qué. Lloro por Antonio, por su mano áspera de trabajar la tierra, por su sonrisa, por las Perseidas que ya nunca volveremos a ver juntos. Lloro también, creo, por todos los días que he pasado sin saber que él ya no estaba, sin poder llorarlo como se merecía, porque mi mente me ha robado hasta el derecho a guardarle luto como Dios manda.

Pero entonces, en medio de este llanto, levanto la vista. Y los veo. A mis tres hijas, mujeres fuertes, buenas, que han llegado hasta mi casa este domingo solo para sentarse a mi mesa. A sus maridos, esperando en un segundo plano con respeto y cariño. Y a los niños —mis nietos, ahora lo sé, ahora lo entiendo con una claridad que duele casi tanto como alegra— correteando entre las sillas, ajenos por un momento a la tristeza de los mayores, llenos de una vida que Antonio nunca llegará a ver crecer del todo, pero que él ayudó a sembrar sin saberlo.

Y pienso que mi viudez, con todo su dolor, no ha sido una viudez vacía. He estado rodeada. He sido querida, aunque muchos días no sepa nombrar ese cariño ni reconocer las caras que me lo ofrecen. Hay tres mujeres que llevan su sonrisa blanca y sus ojos claros repartidos entre ellas, y esas mujeres han tenido hijos, y esos hijos tienen los mismos ojos de Antonio y, de alguna manera, él sigue allí, en la mesa, en el ruido, en el cuento de las estrellas que le estoy contando a un niño sin saber muy bien por qué las palabras me salen tan fáciles, tan sabidas.

—Habéis hecho una vida buena— les digo a mis hijas, y no sé si lo hago bien, si las palabras me salen enteras o a trozos, pero ellas asienten, y las tres, a la vez, sin ponerse de acuerdo, me abrazan más fuerte, como si quisieran meter dentro de ese abrazo todos los años en los que no he podido abrazarlas de verdad, todos los domingos en los que he estado presente solo de cuerpo, con la mirada perdida en algún lugar que ellas no podían alcanzar.

Nos quedamos así un rato largo, las cuatro juntas, mientras los nietos, sin entender del todo lo que pasa, se acercan también, atraídos por ese nudo de brazos y de lágrimas, hasta que la mesa entera se convierte en un solo abrazo torpe y enorme, de codos y de sillas que raspan el suelo.

Siento, por un instante que sé breve aunque me parece eterno, que todo está en su sitio. Que he amado bien, que me han amado bien, que la vida, con todas sus pérdidas, ha merecido la pena.

La claridad, sin embargo, es como la luz de un farol en una noche de viento: firme un instante, temblorosa al siguiente. La siento alejarse despacio, igual que se aleja una barca de la orilla, sin ruido, sin aviso. Las caras de mis hijas empiezan a desdibujarse otra vez, a mezclarse unas con otras, y el nombre de Antonio, que un momento antes he pronunciado con una certeza absoluta, empieza a flotar de nuevo en esa niebla de la que ha salido, cada vez más lejos, cada vez más silencioso.

Suelto el abrazo, sin saber muy bien por qué lo he estado dando, y miro alrededor con la extrañeza de quien se despierta en un lugar desconocido. Veo una mesa llena de platos, veo caras que me sonríen con un cariño que no sé a qué atribuir, veo a un niño de rizos oscuros sentado en mi regazo, mirándome con curiosidad, esperando algo que ya no recuerdo haber empezado a contarle. Una de las mujeres —no sabría decir cuál— me acaricia la mejilla con una ternura tan honda que por un segundo estoy a punto de preguntarle su nombre.

En su lugar, con la misma voz suave con la que llevo haciéndolo, según me dicen, desde hace ya un tiempo que no sé calcular, levanto la cabeza hacia todos ellos y pregunto, como quien empieza otra vez desde el principio:

—¿Qué día de la semana es hoy?

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